—¡Vaya una autoridad!—dijo riéndose la Salvadora—. ¡Un veterinario! A ese le debía usted hacer el retrato. Ese sí que tiene la cara rara.
—No, no me interesan los veterinarios. Pero de veras, ¿no tiene usted al día una hora libre para servirme de modelo?
—Sí—dijo Manuel—; ¡ya lo creo!
—¿Y hay que estarse quieta, quieta? Porque no lo voy aguantar.
—No, podrá usted hablar, y descansará usted cuando quiera.
—¿Y de qué va usted á hacer el retrato?
—Primero de barro, y luego lo sacaré en yeso ó en mármol.
—Nada, mañana se empieza—dijo Manuel—. Está dicho.
Estaban en el postre cuando llamaron á la puerta, y entraron en el comedor los dos Rebolledos y el señor Canuto. Manuel los presentó á Juan, y mientras tomaban café, charlaron. Juan, á instancia del barbero, contó las novedades que había visto en París, en Bruselas y en Londres.
Perico le hizo algunas preguntas relacionadas con cuestiones de electricidad; Rebolledo el padre y el señor Canuto escuchaban atentos, tratando de grabar bien en la memoria lo que oían.