—Sí, en esos pueblos se debe poder vivir—dijo el señor Canuto.

—Cuesta trabajo llegar—contestó Juan—; pero el que tiene talento, sube. Allí la sociedad no desperdicia la inteligencia de nadie; hay mucha escuela libre...

—Ahí está. Eso es lo que no se hace aquí—dijo Rebolledo—. Yo creo que si hubiera tenido sitio donde aprender, hubiera llegado á ser un buen mecánico, como el señor Canuto hubiera sido un buen médico.

—Yo, no—dijo el viejo.

—Usted, sí.

—Hombre, hace algún tiempo, quizás. Cuando vine aquí y puse mi máquina en movimiento, no sé si por la primera expansión de los gases, fuí encaramándome, encaramándome poco á poco, eso es; pero luego vino el desplome. Y yo no sé si ahora mi cerebro se ha convertido en un caracol ó en un cangrejo, porque voy en mi vida reculando y reculando. Eso es.

Este extraño discurso fué acompañado de ademanes igualmente extraños, y no dejó de producir cierta estupefacción en Juan.

—¿Pero por qué no habla usted como todo el mundo, señor Canuto?—le preguntó, burlonamente, la Salvadora por lo bajo.

—Si tuviera veinte—y el viejo guiñó un ojo con malicia—ya te gustaría mi parafraseo, ya. Te conozco, Salvadorita. Ya sabes lo que yo digo. Cuchichí, cuchichá... cuchichear.

Se echaron todos á reir.