—¿Y cómo llegó usted á París?—preguntó Perico—. En seguida que se escapó usted del seminario, ¿fué usted allá?
—No, ¡quia! Pasé las de Caín antes.
—Cuenta, cuenta eso—dijo Manuel.
—Pues nada. Anduve cerca de un mes de pueblo en pueblo, hasta que en Tarazona entré á formar parte de una compañía de cómicos de la legua, constituída por los individuos de una sola familia. El director y primer actor se llamaba don Teófilo García; su hermano, el galán joven, Maximiano García, y el padre de los dos, que era el barba, don Símaco García. Allí todos eran Garcías. Era esta familia la más ordenada, económica y burguesa que uno puede imaginarse. La característica, doña Celsa, que era la mujer de don Símaco, repasaba los papeles mientras guisaba; Teófilo tenía una comisión de corbatas y de botones; don Símaco vendía libros; Maximiano ganaba algunas pesetas jugando al billar, y las muchachas, que eran cuatro, Teodolinda, Berenguela, Mencía y Sol, las cuatro á cual más feas, se dedicaban á hacer encaje de bolillos. Yo entré como apuntador, y recorrimos muchos pueblos de Aragón y de Cataluña. Una noche, en Reus, habíamos hecho La cruz del matrimonio, y al terminar la función, fuímos Maximiamo y yo al Casino. Mientras él jugaba, á mi lado vi á un chico que estaba haciendo un retrato, al lápiz, de un señor. Me puse yo también á hacer lo mismo en la parte de atrás de un prospecto.
Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dió un duro; después, se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. «Está bien eso», dijo. ¿Has aprendido á dibujar?» No. «Pues lo haces bien. ¡Ya lo creo!» Hablamos; me dijo que andaba á pie por los pueblos haciendo retratos, y que se marchaba á Barcelona. Yo le conté mi vida, nos hicimos amigos, y al final de la conversación, me dice: «¿Por qué no vienes conmigo?» Nada; dejé los cómicos y me fuí con él.
Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba.
Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar; en otros marchamos muy bien. A mitad del camino, ó cosa así, en un pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del brazo. Era italiano. «¿Son ustedes artistas?» nos dijo. «Sí», contestó mi compañero. «¿Pintores?» Sí, señor; pintores. «¡Oh, magnífico! Me han salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos cuadros de la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar; les estoy entreteniendo al cura y al alcalde, diciendo que necesito pinturas especiales traídas de París. Si quieren ustedes emprender la obra, nos repartiremos las ganancias.»
Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada. Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración de uno de los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero, al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano, porque éste quería la mitad y mi amigo no le dió ni la tercera parte. El italiano pareció conformarse; pero al día siguiente, por lo que nos enteramos después, fué á ver al alcalde y le dijo: «Necesito ir á Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero». El alcalde le creyó, y le dió los cincuenta duros de la otra restauración por anticipado.
No le vimos al italiano en todo el día, y por la noche vamos á la tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el alcalde: «¿De modo que el italiano ha tenido que ir á Barcelona, eh?» Yo iba á decir que no; pero mi amigó me dió con el pie, y me callé. Al salir de la botica, el compañero me dijo: «El italiano se ha llevado los cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos rompen algo; vámonos ahora mismo.»
Echamos á andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos á Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con estos diez duros, alquilamos una guardilla por treinta reales al mes, compramos dos colchones usados, un par de botas para cada uno, y todavía nos sobró dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al hombro entre los dos, desde el Mercado hasta la guardilla.