Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio y se marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo, me empezaron á comprar dibujos y empecé á modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuítas en la Exposición, y las vendí, y cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que tuve, fué para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y me fuí á París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y al mismo tiempo aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo Los rebeldes, se ocuparon algo de mí los periódicos de París, y ahora ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Esa ha sido mi vida.
—Pues es usted un hombre—dijo el señor Canuto, levantándose—, y verdaderamente, me honro dándole á usted la mano. Eso es.
—Templado es el chico—dijo Rebolledo.
Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse.
—¿Vienes á dar una vuelta?—dijo Juan á su hermano.
—No, Manuel no sale de noche—repuso la Ignacia.
—Como se tiene que levantar temprano...—añadió la Salvadora.
—¿Ves?—exclamó Manuel—. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo á que me dé un aire. Por el jornalito.
—¿A qué hora vendré á empezar el busto?—preguntó Juan.
—¿A las cinco?