Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella y se acurrucaba á sus pies.

—Este perro está entusiasmado con usted—le dijo Juan.

—Sí. Es muy bonito.

—Quédese usted con él.

—No, no.

—¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.

—Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?

—Kis.

—¿Kis?

—En inglés quiere decir beso.