—¿Es inglés el perro?
—Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien conocí en el Louvre.
—Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted.
—No; está mejor con usted.
Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su nueva morada, se desconocen.
Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más largas que las de delante.
Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch, que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de la Salvadora, donde parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo rum-rum.
Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido, cerraba los ojos y se dormía.
En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas, con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.
Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán.