Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa, ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos redondos, parpadeando.

Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía preocupaciones, á pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó al momento con ellos.

Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.

—Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?—preguntó Juan mientras modelaba el barro con los dedos.

—Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.

—Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.

—Pues no—replicó la Salvadora ruborizada.

—Pero acabarán ustedes casándose.

—No sé.

—Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían.