—Sí. Manuel tiene esas cosas.

—En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro.

—¿Y qué fué de aquel chico?

—Murió el pobrecillo.

Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.

Llegó Manuel de la imprenta.

—Hemos estado hablando de cosas antiguas—le dijo Juan.

—¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?

Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la estatua.

—Chico—murmuró—, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.