—¿Crees tú?—preguntó Juan preocupado.
—Sí.
—En fin, mañana lo veremos.
Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reir mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la Salvadora.
—Es verdad—dijo Juan al día siguiente—; está hecho. ¡Tiene algo esta cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de hablar—añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición.
Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó tampoco muchas ganas.
—A mí no me gusta el teatro—dijo—. Lo paso mejor en casa.
—Pero hombre, de vez en cuando...
—Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le tengo miedo.
—¡Miedo!, ¿por qué?