—¿Una que hablaba francés?

—Esa.

—¿Qué le ha pasado?

—Que le dió un paralís y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida.

—Bueno.

Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba. Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga. Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano.

Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta.

—Una caridad. Estoy enferma, señorito;—tartamudeó ella con una voz como un balido.

Manuel le dió diez céntimos.

—¿Pero no tiene usted casa?—la preguntó.