—No; duermo en la calle—contestó ella en tono quejumbroso.—Y esos brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle.
—Pero ¿por qué no va usted á algún asilo?
—Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay mucha caridad, sí, señor.
Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer abultada y bigotuda.
—¿Y cómo se ha quedado usted así?—siguió preguntando Manuel.
—De un enfriamiento.
—No le hagas caso—dijo la bigotuda con voz ronca—; ha tenido un cristalino.
—Y se me han caído todos los dientes—añadió la mendiga mostrando las encías—, y estoy medio ciega.
—Ha sido un cristalino terrible—agregó la bigotuda.
—Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada! No tengo más que treinta y cinco años.