—Es que era muy viciosa además—dijo la mujer bigotuda á Manuel—. ¿Qué, vienes un rato?

—No.

—Yo... yo también he sido de la vida—dijo entonces la Violeta—; y ganaba... ganaba mucho.

Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna.

Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa.

En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de pureza.

—¿Qué habéis visto?—preguntó la Salvadora.

Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había visto en la calle...