CAPÍTULO V

A los placeres de Venus.—Un hostelero poeta.—¡Mátala!—Las mujeres se odian.—Los hombres también.

Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento; había ambiente para su obra.

Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas.

A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios encargos.

Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa.

—Vamos á la Bombilla—dijo Juan—. Eso debe ser muy bonito.

—No, suele haber demasiada gente—replicó Manuel—. Iremos á un merendero del Partidor.

—Donde queráis; yo no conozco ninguno. Salieron de casa, la Ignacia, la Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes, entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros, frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á contemplar los patios á través de la verja.

—¡Qué hermoso es!—dijo Juan.