El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas, formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y misteriosa.

Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y el señor Canuto.

—¿Qué, se va de paseo?—dijo el jorobado.

—Sí, á merendar—contestó Juan—. ¿Si quieren venir con nosotros?

—Hombre... vamos allá.

Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel.

Bajaron el repecho de una colina.

Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo, sobre el cielo de turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres, brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso, las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los altos y espléndidos girasoles.

Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor refulgente de rayos deslumbradores.

—Pero esto es muy bonito—decía Juan á la Salvadora—; todo el mundo me ha dicho que Madrid era muy feo.