—Esto parece una casa de baños—dijo Juan—; parece que por una de esas ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad?

Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban.

—Pues nada; queremos merendar.

—Tendrán ustedes que esperar algo.

—Sí; esperaremos.

En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la mano, y sonriendo dijo:

—Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este documento—y enseñó una lista de los precios—y ande el movimiento.

Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se sonrió y remató su perorata exclamado:

—¡Mátala! ¡Viva la niña!

Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza donde estarían solos.