Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en compartimientos con un corredor á un lado.

Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á bailar.

Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer, cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano.

—Señores—dijo—: Si están ustedes bien en este departamento y sienten desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento!

Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su silla como un conejo, terminó la alocución gritando:

—¡Mátala! ¡Viva la niña!

El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró:

—¿A qué viene este burgante con esas teorías?

—¿Qué teorías?—preguntó Juan algo asombrado.

—Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías... alegorías, chapucerías y nada más. Eso es.