—En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto—advirtió Manuel á Juan por lo bajo.
—Ah... vamos.
Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente.
—Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?—dijo Perico á la hermana de Manuel.
—Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!
—Y usted, ¿no baila?—preguntó Juan á la Salvadora.
—No, casi nunca.
—Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón. Sácala á bailar.
—Si quiere, vamos.
Salieron por el corredor al patio enlosado mientras el organillo tocaba un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano, con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres. Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que bailara con él.