Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado del señor Canuto.

Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos brillantes, y se puso á abanicarse.

—¡Olé ahí las chicas bonitas!—dijo el jorobado—. Así me gusta á mi la Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese usted y vaya tomando apuntes.

—Ya me fijo—contestó Juan.

La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento. Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio.

—Será la que vivió antes con él—pensó la Salvadora, y con indiferencia la estuvo observando.

En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo:

—De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa.

—¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos.

Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la galería á donde estaba Manuel.