—Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás, sino con nuestra propia conciencia.
—¿Pero es que la conciencia le impide á uno ser propietario?—preguntó Manuel.
—Sí.
—Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado ó explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre...
—No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene y sujetarla es una vileza.
—Pero bueno, ¿qué me quieres decir con esto; que no me darás el dinero?
—No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives bien...
—Pero puedo vivir mejor.
—Bueno, haz lo que quieras.
La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés, sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad.