A consecuencia de esta conversación, se despertaron nuevamente los planes ambiciosos de Manuel. La Salvadora y la Ignacia le instaron para que estuviese á la mira por si salía alguna imprenta en traspaso, y pocos días después le indicaron una anunciada en un periódico.

Manuel fué á verla; pero el amo le dijo que ya no la quería traspasar. En cambio, supo que un periódico ilustrado vendía una máquina nueva y tipos nuevos por quince mil pesetas.

Era una locura pensar en esto; pero la Salvadora y la Ignacia le dijeron á Manuel que fuera á verla y que le propusiera al amo comprarla á plazos.

Hizo esto Manuel; la máquina era buena, tenía un motor eléctrico moderno, y los tipos eran nuevos; pero el amo no se avenía á cobrar en plazos.

—No, no—le dijo—, soy capaz de rebajar algo el precio; pero el dinero lo necesito al contado.

Entre la Salvadora y la Ignacia tenían tres mil pesetas, podían contar con las mil de la medalla de Juan; pero esto no era nada.

—Qué le vamos á hacer—dijo Manuel—; no se puede... paciencia.

—Pero la máquina, ¿es buena?—preguntó la Salvadora.

—Sí; muy hermosa.

—Pues yo no dejaría eso así—dijo la Salvadora.