—Ni yo tampoco—repuso la Ignacia.
—¿Y qué voy á hacer?
—¿No tienes ese amigo inglés que vive en el hotel de París?...
—Sí; pero...
—¿No te atreves?—preguntó la Ignacia.
—Pero, ¿cómo me va á dar quince mil pesetas?
—Que te las preste. Con probar nada se pierde. El no lo llevas contigo.
A Manuel no le hizo ninguna gracia la cosa; dijo que sí, que iría á ver á Roberto, pensando que se les olvidaría la idea; pero al día siguiente las dos volvieron á la carga.
Manuel pensó hacer como que iba al hotel y decirles á ellas que no estaba Roberto en Madrid; pero la Ignacia se le adelantó y se enteró de que no se había marchado.
Manuel fué á ver á su amigo de muy mala gana, deseando encontrar algún pretexto, para aplazar indefinidamente la visita ó que le dijeran que no le podía recibir; pero al entrar en la puerta del hotel se encontró con Roberto.