Estaba dando órdenes á un mozo. Parecía más fuerte, más hombre, con un gran aplomo en los movimientos.

—Hola, ilustre golfo—le dijo al verle—. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y usted?

—Yo, admirablemente... ya me he casado.

—¿Sí?

—Estoy en camino de ser padre.

—¿Y el proceso?

—Terminó.

—¿A favor de usted?

—Sí; ya no falta más que la resolución de unos expedientes.