—Y la señorita Kate, ¿está aquí?
—No, en Amberes. ¿Venías á buscarme? ¿Qué me querías?
—Nada, verle.
—No; tú venías á algo.
—Sí; pero la verdad, vale más que no se lo diga á usted, porque es una tontería.
—No, hombre, dilo.
—Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y otra muchacha que vive conmigo, están empeñadas en que me debo establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también nuevos... y yo no tengo dinero bastante para eso... y ellas me han empujado para que le pida á usted el dinero.
—¿Y cuánto se necesita para eso?
—Piden ahora quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño, rebajaría mil ó quizá dos mil.
—De manera que necesitas unas trece á catorce mil pesetas.