—Le va á quedar á usted muy poco.

—No importa; acepto.

—¿Acepta usted?—dijo Manuel en el colmo del asombro.

—Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa editorial, para ir descristianizando España. Vamos á ver al dueño de la máquina.

Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras y de casilleros, Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo á Manuel:

—Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer.

Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fué á su casa.

Ya era un burgués, todo un señor burgués.

Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta.

El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó á encontrar una tienda á propósito para imprenta en la calle de Sandoval. Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles para que hicieran las obras necesarias en un mes; pero los albañiles tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía á los menores detalles, no podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la portada, la muestra y los arreglos del interior se fueron las tres mil pesetas. Lo único barato fué la instalación eléctrica, que la hizo Perico Rebolledo.