Estaba dispuesto á salir, cuando sintió que de nuevo le empezaba la fiebre. Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire helado.

La Salvadora estaba con sus discípulas y Manuel llamó á la Ignacia.

—Avísale á Jesús. Si no está ahora colocado, que vaya á la imprenta. Estoy muy mal. Yo no sé lo que tengo.

Se acostó con la cabeza pesadísima. Sentía un latido en la frente, que se comunicaba á todo el cuerpo. Se imaginaba que le llevaban debajo de un martillo de fragua y le ponían en el yunque, unas veces boca arriba, otras de costado. Cesaba esta impresión y escuchaba dentro de su cerebro el ruido de la prensa y del motor eléctrico, y esto le producía una angustia enorme. Después de dos ó tres horas de una fiebre alta, se encontró de nuevo bien.

Por la noche, Jesús y el señor Canuto fueron á verle. Habló Manuel con Jesús de los asuntos de la imprenta, y le recomendó que no los abandonara. El señor Canuto salió y vino poco después con unas hojas de eucalipto, con las cuales la Ignacia hizo un cocimiento para Manuel.

Algo mejoró con esto, pero los accesos de fiebre seguían y hubo que llamar á un médico. Se encontraba además Manuel en un estado de excitación que no le dejaba descansar un momento.

—Tiene intermitentes y una gran depresión nerviosa—dijo el médico—. ¿Trabaja mucho?

—Sí, mucho—contestó la Salvadora.

—Pues que no trabaje tanto.

Recetó el médico y se fué. Toda la noche estuvo la Salvadora al lado del enfermo. A veces Manuel la decía: