—Acuéstate; pero estaba deseando que no lo hiciera.

Le atendía la Salvadora con una solicitud de madre; se molestaba continuamente por él. Era pródiga de sus atenciones y avara de las ajenas. Manuel, hundido en la cama, la miraba, y cuanto más la miraba, creía encontrar en ella nuevos encantos.

—¡Qué buena es!—se solía decir á si mismo—. La molesto á cada paso y no me odia.—Y este pensamiento de que era buena, le daba ideas fúnebres, porque pensaba qué sería de él, si ella se casara. Era una idea egoísta; nunca había sentido como entonces tanto miedo á morirse y á quedar desamparado.

A los dos días, la Ignacia dijo que para que la Salvadora pudiese atender á sus quehaceres, lo mejor sería llamar á la mujer del señor Canuto, una vieja emplastera, que asistiría muy bien á Manuel.

Este no replicó, pero mentalmente se deshizo en insultos contra su hermana; la Salvadora repuso que no había necesidad de traer á nadie, y Manuel se sintió tan emocionado que las lágrimas le brotaron de los ojos.

Se encontraba Manuel en un estado de impresionabilidad extraño; la cosa más insignificante le producía un arrebato de cariño ó de odio. Entraba la Salvadora y mullía el almohadón ó le preguntaba si necesitaba alguna cosa, é inmediatamente Manuel sentía un agradecimiento tan grande, que hubiera querido exponer su vida por ella; en cambio venía la Ignacia y le decía: «Hoy parece que estás mejor», y sólo por esto, Manuel temblaba de ira.

«Así deben ser los perros, como yo soy ahora»—pensaba algunas veces.

A los seis días, Manuel se levantaba. Era el mes de Agosto; solían estar las maderas del balcón cerradas; por una rendija entraba un rayo de sol, nadaban en su luz los corpúsculos del aire y pasaban las moscas atravesando aquella barra de oro como gotas de un metal incandescente. Se sentía la calma enorme de los alrededores desolados, y en aquellas horas de siesta venía de la tierra calcinada como un soplo de silencio; todo estaba aletargado; sólo se oía el lejano silbido de algún tren y el chirriar de los grillos.....

Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego á cantar, acompañándose de una guitarra de son cascado, canciones antiguas. Era un ciego bien vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre aquella habanera de Una Vieja: ¡Ay mamá, qué noche aquella! y algunas otras romanzas sentimentales.

Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por este nombre le conocían en la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos desde el balcón.