Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía á las discípulas de la Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que daban á la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos y un murmullo de risas y de voces.

Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban haciendo sonar las esquilas algunos rebaños de cabras. Un día Manuel tuvo un sueño que luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba á su lado; pero esta mujer no era la Justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba á ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por ella...

Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil, hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino, anubarrado, polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel el cielo que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó á oirse el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte á tierra mojada. Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un relámpago en el cielo y comenzó á llover. La Salvadora cerró la ventana y quedaron en la semiobscuridad.

—¡Salvadora!—llamó Manuel.

-¿Qué?

Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas.

—Déjame que te bese—le dijo Manuel en voz baja.

La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los labios de Manuel que quemaban y él sintió en sus labios una frescura deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia.

A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía á ser como habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos como para otros. Manuel hubiera querido una preferencia.

—La hablaré—pensó.