En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de vigilarles á los dos.
—Ya no falta más que esto—decía indignado Manuel—; pero, en fin, cuando salga nos entenderemos.
De cuando en cuando Manuel preguntaba á Jesús:
—¿Qué tal en la imprenta?
—Bien—contestaba él invariablemente.
Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde la Ignacia le había puesto una cama.
El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó á la imprenta. Entró. No había nadie.
—¿Qué demonios pasa aquí?—se dijo.
Se oían voces en el patio. Manuel se asomó á una ventana á ver lo que ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos de mamarracho, cantando y paseándose por el patio. Abría la marcha el aprendiz con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela blanca, como si fuera un niño. Después marchaba Jesús, vestido con una dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego uno de los cajistas que llevaba una escoba como un fusil, y al último, el otro cajista con una espada de madera en el cinto.
Todas las vecinas habían salido á las ventanas á presenciar la ceremonia. Después de los cánticos, Jesús se subió á un banco, cogió una bota de vino y lo derramó sobre la cabeza del muñeco.