—¿Juráis no reconocer nunca, ni aun en el tormento, otro rey que Su Majestad Curda I?

—Sí, sí.

—Pues bien, pueblo inepto, pueblo nauseabundo, si así lo hacéis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande. ¡Sus! ¡Papalina y cierra España! ¡Muera el infiel marroquí! Acordáos de que vuestros padres tuvieron la honra de morir por los Papalinas, de ser destripados por los Papalinas, de ser violados por los Papalinas. ¡Vivan los Papalinas!

—¡Vivan los Papalinas!—gritaron todos.

—Ahora que comience la libación—dijo Jesús—. ¡Que rompan á tocar las músicas! ¡Que arda en festejos el pueblo!

Luego con su voz natural le dijo al chico:

—¡Anda, trae unos vasos!

El aprendiz entró en la imprenta; Manuel le cogió del brazo y le dijo:

—Dile á ese que estoy aquí.

Con la orden se acabó inmediatamente la ceremonia y volvieron los obreros al trabajo.