—Sí, hombre.
Repartió el Pastiri tres pesetas por barba, y salieron los cuatro de la taberna, atravesaron la Ronda y se metieron en el Rastro.
A veces se paraba el Pastiri, creyendo tener algún tonto a la vista; el Bizco o Manuel apuntaban; pero el que parecía tonto sonreía al notar la celada, o pasaba indiferente, acostumbrado a presenciar aquella clase de timos.
De pronto vió venir el Pastiri un grupo de paletos con sombrero ancho y calzón corto.
—Aluspiar, que ahí vienen unos pardillos, y puede caer algo—dijo, y se plantó delante de los paletos con su tablita y sus cartas, y comenzó el juego.
El Bizco apuntó dos pesetas y ganó; Manuel hizo lo mismo, y ganó también.
—Este hombre es un primo—dijo Vidal, en voz alta, y dirigiéndose al grupo de los campesinos—. Pero ¿han visto ustedes el dinero que está perdiendo?—añadió—. Aquel militar le ha ganado seis duros.
Uno de los paletos se acercó al oír esto, y viendo que Manuel y el Bizco ganaban, apostó una peseta y ganó. Los compañeros del paleto le aconsejaron que se retirara con su ganancia; pero la codicia pudo más en él, y, volviendo, apostó dos pesetas y las perdió.
Vidal puso entonces un duro.