—Para servirle.
Se sentó Roberto, ofreció un cigarro al señor Ignacio, otro a Leandro, y se pusieron a fumar los tres.
—Yo conozco a su sobrino—dijo Roberto al zapatero—, porque vivo en casa de la Petra.
—¡Ah! ¿Sí?
—Y hoy quisiera que le dejara usted libre un par de horas.
—Sí, señor; toda la tarde, si usted quiere.
—Bueno; entonces, yo vendré por él después de comer.
—Está bien.
Roberto contempló cómo trabajaban, y de repente se levantó y se fué.