Manuel cenó en la Corrala y contó a Leandro lo que le había dicho Roberto.
—¿Y esa pintora es guapa?—pregunto Leandro.
—No sé; no la conozco.
—¡Maldita sea la...! Daría cualquier cosa porque viniera, hombre.
—Y yo.
Fueron ambos al café de San Millán, se sentaron y esperaron con impaciencia. A la hora indicada apareció Roberto con su prima, a la que llamó Fanny. Era ésta una mujer de treinta a cuarenta años, muy delgada, de mal color y de tipo varonil y distinguido; tenía algo de la belleza desgarbada de un caballo de carrera; la nariz corva, la mandíbula larga, las mejillas hundidas y los ojos grises y fríos. Vestía una chaqueta de tafetán verde obscuro, falda negra y un sombrero pequeño.
Leandro y Manuel la saludaron con gran timidez y torpeza; dieron la mano a Roberto, y hablaron.
—Mi prima—dijo Roberto—tiene gana de ver algo de la vida de estos pobres barrios.
—Pues cuando ustedes quieran—contestó Leandro—. Eso sí, les advierto a ustedes que hay mala gente por allá.