—¡Oh, yo voy prevenida!—dijo la dama con ligero acento extranjero, mostrando un revólver de pequeño calibre.

Pagó Roberto, a pesar de las protestas de Leandro, y salieron todos del café. Desembocaron en la plaza del Rastro, bajaron por la Ribera de Curtidores hasta la ronda de Toledo.

—Si quiere ver la señora la casa donde vivimos nosotros, es ésta—dijo Leandro.

Pasaron al interior del Corralón; un grupo de chiquillos y de viejas se les acercó, asombrados de ver a aquellas horas a una mujer con tan extrañas trazas, y acosaron a preguntas a Manuel y a Leandro. Este quería que supiese la Milagros como había estado allí con una dama, y fué acompañando a Fanny y enseñándola los cuchitriles del corralón.

—Aquí miseria es lo único que se ve—decía Leandro.

—¡Oh, sí, sí!—contestaba la dama.

—Ahora, si ustedes quieren, vamos a la taberna de la Blasa.

Salieron del Corralón hasta tomar el arroyo de Embajadores, y siguieron a lo largo de la empalizada negra de un lavadero. Hacía una noche obscura; empezaba a lloviznar. Tropezaron con la vía de circunvalación.

—Tengan ustedes cuidado—dijo Leandro—, que hay un alambre.

Le puso el pie encima. Cruzaron todos la vía y pasaron por delante de unas casas blancas hasta entrar en el barrio de las Injurias.