Se acercaron a una casita baja con un zócalo obscuro; una puerta de cristales rotos, empañados, compuestos con tiras de papel, iluminados por una luz pálida, daba acceso a esta casa. En la opaca claridad de la vidriera se destacaba a veces la sombra de alguna persona.

Abrió la puerta Leandro, y entraron todos. Un vaho caliente y cargado de humo les dió en la cara. Un quinqué de petróleo, colgado del techo, con una pantalla blanca, iluminaba la taberna, pequeña y de techo bajo.

Al entrar los cuatro, todos los concurrentes se les quedaron mirando con expresión de extrañera; hablaron entre ellos y después siguieron unos jugando, otros viendo jugar.

Fanny, Roberto, Leandro y Manuel se sentaron a la derecha de la puerta.

—¿Qué van a tomar?—dijo la mujer del mostrador.

—Cuatro quinces—contestó Leandro.

Llevó la mujer vasos en una bandeja sucia y los colocó en la mesa, Leandro sacó sesenta céntimos.

—Son a diez—dijo la mujer en tono malhumorado.

—¿Por qué?