—Porque esto es el extrarradio.

—Bueno; cobre usted lo que sea.

La mujer dejó veinte céntimos en la mesa y volvió al mostrador. Era ancha, tetuda, de obesidad enorme, con la cabeza metida entre los hombros, con cinco o seis papadas en el cuello; despachaba de cuando en cuando una copa, que cobraba de antemano, y hablaba poco, con displicencia, con un gesto invariable del malhumor.

Tenía aquel hipopótamo malhumorado al lado derecho un depósito de hoja de lata con su grifo para el aguardiente, y al izquierdo un frasco de peleón y un jarro desportillado con un embudo negro encima, adonde echaba el sobrante de las copas de vino.

La prima de Roberto sacó un frasco de esencias, lo ocultó en la mano cerrada, y de vez en cuando aspiraba las sales.

Al otro lado de donde estaban Roberto, Fanny, Leandro y Manuel, un corro de unos veinte hombres se amontonaban alrededor de una mesa jugando al cané.

Cerca de ellos, acurrucadas en el suelo, junto a la estufa, recostadas en la pared, se veían unas cuantas mujeres feas, desgreñadas, vestidas con corpiños y faldas haraposas, sujetas a la cintura por cuerdas.

—¿Qué son estas mujeres?—preguntó la pintora.

—Son golfas viejas—contestó Leandro—de esas que van al Botánico y a los desmontes.