Dos o tres de aquellas infelices llevaban en sus brazos niños de otras mujeres que iban a pasar allí la noche; algunas dormitaban con la colilla pegada en el extremo de la boca. Entre la fila de viejas había algunas chiquillas de trece a catorce años, monstruosas, deformes, con los ojos legañosos; una de ellas tenía la nariz carcomida completamente, y en su lugar un agujero como una llaga; otra era hidrocéfala, con el cuello muy delgado, y parecía que al menor movimiento se le iba a caer la cabeza de los hombros.

—¿Tú has visto las tinajas que hay aquí?—preguntó Leandro a Manuel—, Ven a verlas.

Se levantaron los dos y se acercaron al grupo de los jugadores. Uno de éstos interrumpía el paso.

—¿Hace usted el favor?—le dijo Leandro con marcada impertinencia.

El hombre separó la silla malhumorado. Las tinajas no ofrecían nada de particular; eran grandes, empotradas en la pared, pintadas de minio; cada una de ellas llevaba un letrero de la clase de vino que contenía y un grifo.

—Y ¿qué tiene esto de raro?—preguntó Manuel.

Leandro sonrió; volvieron a pasar por el mismo sitio, a molestar al jugador y a sentarse en la mesa.

Roberto y Fanny hablaban en inglés.

—Ese a quien hemos hecho levantar—dijo Leandro—es el baratero de esta taberna.

—¿Cómo se llama?—preguntó Fanny.