—El Valencia.
El aludido, que oyó su apodo, se volvió y contempló a Leandro; la mirada de los dos se cruzó un momento desafiadora; el Valencia desvió los ojos y siguió jugando. Era hombre fuerte, corpulento, de unos cuarenta años, de cara juanetuda, pelo rojizo y expresión de sarcasmo desagradable. De vez en cuando echaba una mirada severa al grupo formado por Fanny, Roberto y los otros dos.
—Y ese Valencia, ¿quién es?—preguntó la dama en voz baja.
—Es esterero de oficio—contestó Leandro alzando la voz—, un gandul que saca las perras a los chavalejos de mal vivir; antes fué de los del pote, de esos que van a las casas los domingos, llaman, y si ven que no hay nadie, meten la palanqueta en la cerradura y crac... Pero ni para eso tenía alma, porque es más blanco que el papel.
—Sería curioso averiguar—dijo Roberto—hasta qué punto la miseria ha servido de centro de gravedad para la degradación de estos hombres.
—¿Y ese viejo de barba blanca que está a su lado?—preguntó Fanny.
—Ese es un apóstol de los que curan con agua; dicen que sabe mucho... Tiene una cruz en la lengua; pero creo que se la ha pintado él mismo.
—¿Y esa otra?
—Esa es la Paloma, la gamberra del Valencia.
—¿Prostituta?—preguntó la dama.