—Desde hace lo menos cuarenta años—contestó Leandro riendo.

Todos contemplaron a la Paloma con atención; tenía una cara enorme, blanda, con bolsas de piel violácea, una mirada tímida, de animal; representaba cuarenta años lo menos de prostitución, con sus enfermedades consiguientes; cuarenta años de noches pasadas en claro, rondando los cuarteles, durmiendo en cobertizos de las afueras, en las más nauseabundas casas de dormir.

Entre las mujeres había también una gitana, que de cuando en cuando se levantaba y cruzaba la taberna con un jacarandoso contoneo.

Pidió Leandro unas copas de aguardiente; pero era tan malo, que nadie lo pudo beber.

—Tú—dijo Leandro a la gitana, ofreciéndole la copa—. ¿Quieres?

—No.

La gitana puso sus manos sobre la mesa, unas manos cortas, rugosas, incrustadas en negro.

—¿Quiénes son estos payos?—preguntó a Leandro.

—Son amigos. ¿Quieres o no?—Y le volvió a ofrecer la copa.