—No.

Luego, con una voz aguda, gritó:

—Apóstol, ¿quieres una copa?

Se levantó del grupo de los jugadores el Apóstol. Estaba borracho y no podía andar; tenía los ojos viscosos, de animal descompuesto; se acercó a Leandro y tomó la copa, que tembló entre sus dedos; la acercó a los labios y la vació.

—¿Quieres más?—le dijo la gitana.

—Sí, sí—murmuró.

Luego se puso a hablar, enseñando los raigones de los dientes amarillos, sin que se le entendiera nada; bebió las otras copas, apoyó la mano en la frente, y despacio fué a un rincón, se arrodilló y se tendió en el suelo.

—¿Quieres que te la diga, princesa?—preguntó la gitana a Fanny, agarrándole la mano.

—No—replicó secamente la dama.

—¿No me darás unas perrillas para los churumbeles?