La dama acarició al chiquitín; luego sacó un duro de un portamonedas, y le dió a la gitana.

Esta comenzó a hacer aspavientos y zalamerías y a mostrar el duro a todos los de la taberna.

—Vamos—dijo Leandro—, sacar aquí un machacante de esos es peligroso.

Salieron los cuatro de la taberna.

—¿Quieren ustedes que demos una vuelta por el barrio?—preguntó Leandro.

—Sí; vamos—dijo la dama.

Recorrieron juntos las callejuelas de las Injurias.

—Tengan ustedes cuidado, que en medio va la alcantarilla—advirtió Manuel.

Seguía lloviendo; se internaron los cuatro en patios angostos, en donde se hundían los pies en el lodo infecto. Sólo algún farol de petróleo, sujeto en la pared de alguna tapia medio caída, brillaba en toda la extensión de la hondonada, negra de cieno.

—¿Volvemos ya?—preguntó Roberto.