Nadie lo sabía.
Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía inglesa.
—¡Rediez con los tontos!—exclamó uno.
—Eso es cosa vieja—repuso otro—. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos son los que tienen más éxito con las mujeres.
—¿De dónde habrá sacado esa inglesa?
—¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!—dijo un jovencito, aprendiz de sainetero.
—¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes—gritaron varios al mismo tiempo.
Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando terminó la ovación, le preguntaron:
—¿Quién es esa inglesa?
—¿Qué inglesa?