—¡Esa chica rubia con quien te paseas!
—Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha á la que he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.
—¿Y cómo se llama?
—Esther.
—Buena cosa para invierno—saltó el aprendiz de sainetero.
—¿Por qué?—preguntó Bernardo.
—Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!—gritaron todos.
—¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!—replicó impertérrito el jovencito.
Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á presentarse en el café.