—Sí—contestó la niñera.
Sin saber por qué Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos.
Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de huéspedes de la calle del Olmo.
Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les reconocieron y les llamaron.
Las dos muchachas aguardaban á la Engracia, que se había ido con un señor. Mientras tanto reñían. La Rabanitos, juraba y perjuraba que no tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los diez y ocho.
—¡Si se lo he oído decir á tu madre!—gritaba.
—¿Pero qué va decir eso mi madre? ¡Cerda!—replicaba la Rabanitos.
—Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!
—¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía entonces? Trece.
—¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí—interrumpió Vidal.