La muchachita se volvió como una víbora, contempló á Vidal de arriba á bajo y, con voz estridente, le dijo:
—Pa mí que tú eres de los que se agarran á la verja del Dos de Mayo y dan la espalda.
Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó á todos.
En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la Engracia.
—Anda, tú, convida—le dijo Vidal—. ¿Tendrás dinero?
—¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que quedrán.
—Aunque sea á recuelo—repuso Vidal.
—Bueno, vamos.
Entraron los cinco en una buñolería.
—Este señor con quien he ido—dijo la Engracia—es un pintor, y me ha dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de desnudo.