A la Rabanitos le sublevó la noticia.

—¿Pero qué vas á servir tú para eso, si no tienes tetas!—dijo con su vocecilla aguda.

—No, las tendrás tú.

—No es por ponerme moños—contestó la Rabanitos—; pero estoy mejor formada que tú.

—¡Magras!—replicó la otra, y sin hacer caso se puso á hablar con Vidal. La Rabanitos le cogió á Manuel por su cuenta y le contó sus penas con una seriedad de vieja.

—Chico, estoy derrengá—le decía—, porque como una es débil y no tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la ven á una así, hacen lo que quieren y todo el mundo la pone á una el pie encima.

Manuel oía hablar á la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le permitían darse cuenta de lo que oía.

Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz é irónica. Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron á insultar á todos los que estaban en la buñolería.

—¿Quiénes son esas?—preguntó Manuel.

—Unas tías escandalosas.