—No lo sé.
—¿Cuánto duró la lucha?
—Un momento.
—¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?
—No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el otro se metió en el río y se fué.
—Está bien; ¿qué pasó después?
—El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á Vidal y dijo: «Está muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.
El juez se volvió al escribiente:
—Luego le leerá usted la declaración y que la firme.
Llamó al timbre y apareció el guardia.