Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de la frases del juez; pero estaba satisfecho de su declaración; no le habían llegado á embrollar.
Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.
—El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto ó muy malo. En fin, esperemos.
Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno era Calatrava; el otro el Garro.
—Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido—dijo Calatrava.
—Ya ve usted, aquí me tienen.
—¿Has declarado?
—Sí.
—¿Qué has dicho?