—Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad.
—¿Has hablado de mí?
—No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.
—Rediós, ¡qué bestia eres!
—No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se pasean por la calle.
—Merecías estar aquí siempre—exclamó Calatrava—, por panoli, por boceras.
Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el Garro, y salieron del calabozo.
Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.
—¿Quién me manda esto?—preguntó Manuel.
—Una muchacha que se llama Salvadora.