—El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz. Si quiere usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á Ortiz á mis órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.

Llamó el juez á un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la entregó á Garro.

Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el calabozo de Manuel.

—¿Hay que declarar otra vez?—preguntó el muchacho.

—No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos.

Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la Fea y á la Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.

—¿Estás ya libre?—le dijeron.

—Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?

—Lo hemos leído en el periódico—contestó la Fea—, y á ésta se le ocurrió traerte la comida.

—¿Y Jesús?