—Ahí fuera debe estar—le dijeron.

Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados, mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria, gente toda asustada, tímida y humilde.

Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos ó casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia á través de sus gafas; era el escribano menos grave, más jovial que llamaba á uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, firmaba y volvía á salir; era el abogado joven que preguntaba por la marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los escribientes, los pinches.

Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de alhajas, el prestamista, el casero...

Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos molestos, arreglaban ó empeoraban un litigio y mandaban á presidio ó sacaban de él por poco dinero.

¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...

El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó:

—Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad?

—Sí.

—Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su primo; que supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.